Sombras, objetos, cuerpos, historias… Muchas de nosotras, muchos de nosotros conservamos en nuestra memoria aquella imagen viva, la primera historia o los personajes que no podemos borrar. Tantos y tantos elementos que componen ese viaje que nos procura el teatro. En muchos de los casos, éramos niñas y niños aún, y observábamos con los ojos bien abiertos, sentados junto a un adulto en la oscuridad de la sala. La mayoría no tratábamos de entender –como sí hemos hecho más tarde–, sino de sumergirnos en lo que teníamos delante, de vivir, por tanto, una experiencia completa. ¿Qué más podemos pedirle al arte?

Volver al teatro es siempre revivir esa experiencia única, preciosa; y es que quizá no haya forma de ir al teatro que no sea a través de esa mirada de la infancia capaz de hacerse aún todas las preguntas.

El teatro no solo nos sorprende y nos enseña a vivir, a crecer o a hacerlo con algo menos de miedo; a muchas y a muchos nos ayuda a sentirnos más cerca de quienes nos rodean. La risa, el aplauso o el llanto son lenguajes que nos unen, que nos permiten tocar al otro o a la otra. Las historias nos ayudan a entender quiénes somos, lo que queremos, dónde estamos; vivirlas junto a otros y otras, en el momento en que suceden –este presente continuo es la magia del teatro–, nos regala además la idea de que no estamos solos.

Llevemos al teatro a las niñas y los niños que nos rodean; permitámosles sentirse parte de esta panda de locos y locas que disfrutan en la oscuridad del patio de butacas. Y vayamos al teatro con ellos; permitámonos a nosotros y nosotras mismas volver a ser niños, como fuimos, como somos y seguiremos siendo…